viernes, 18 de mayo de 2012

Vocabulario Espirita. Allan Kardec. Letra F

F

FATALIDAD  (fatalité)  [del latín  fatalitas, compuesto de
fatum: destino]. Destino inevitable. Doctrina que
supone que todos los acontecimientos de la vida y, por
extensión, todos nuestros actos, están decretados de
antemano y sometidos a una ley a la cual no podemos
sustraernos. Hay dos clases de fatalidad: una que
proviene de causas exteriores que nos alcanzan y actúan
sobre nosotros, a la que se puede llamar de reactiva,
externa o fatalidad eventual; la otra, que tiene su fuente
en nosotros mismos y determina todas nuestras
acciones: es la fatalidad personal. En el sentido absoluto
de la palabra, la fatalidad transforma al hombre en una
máquina, sin iniciativa ni libre albedrío y, por
consecuencia, sin responsabilidad: es la negación de
toda moral. Según la Doctrina Espírita, al elegir el
Espíritu su nueva existencia y el género de pruebas que
ha de pasar, ejerce con esto un acto de libertad. Los
acontecimientos de la vida son la consecuencia de esa
elección y se relacionan con la posición social de la
existencia; si el Espíritu debe renacer en una condición
humilde, el medio en que ha de encontrarse presentará
acontecimientos totalmente distintos de los que si
debiera ser rico y poderoso; pero, sea cual fuere esta
condición, él conserva su libre albedrío en todos los
actos de su voluntad, y de ninguna manera es fatalmente
arrastrado a hacer tal o cual cosa, ni a sufrir este o aquel
accidente. Por el género de lucha que ha elegido, tiene
la posibilidad de ser llevado a realizar ciertos actos o de
encontrar ciertos obstáculos; pero esto no quiere decir
que hayan de cumplirse infaliblemente, ni que además
no pueda evitarlos con su prudencia y voluntad: para
eso es que Dios le ha dado el discernimiento. Es lo
mismo que sucedería a un hombre que, al llegar a su
objetivo, tuviera tres caminos para elegir: por la
montaña, por la llanura o por el mar. Si escoge el 34
primero, tiene la posibilidad de encontrarse con piedras
y precipicios; si opta por el segundo, pantanos; si elige
el tercero, es probable que soporte tempestades. Pero
esto no quiere decir que será aplastado por un roca, ni
que se hundirá en un pantano o que naufragará en un
lugar en vez de otro. La propia elección del camino no
es fatal, en el sentido absoluto de la palabra; por
instinto, el hombre ha de seguir aquel en que deberá
encontrar la prueba elegida: si debe luchar contra las
olas, su instinto no lo llevará a tomar el camino de la
montaña. Según el género de pruebas escogidas por el
Espíritu, el hombre está expuesto a ciertas vicisitudes;
como consecuencia de esas mismas vicisitudes se halla
sometido a arrastramientos, de los cuales depende de él
sustraerse. El que comete un crimen de ninguna manera
ha sido fatalmente llevado a perpetrarlo: eligió una vida
de luchas que a eso podía incitarlo; si cede a la
tentación es por causa de la debilidad de su voluntad.
De este modo, el libre albedrío existe para el Espíritu en
estado errante, en la elección que hace de las pruebas a
que se somete y, en su estado de encarnación, en los
actos de la vida corpórea. Solamente es fatal el instante
de la muerte, porque hasta el género de muerte es una
consecuencia de la naturaleza de las pruebas elegidas.
Tal es el resumen de la Doctrina de los Espíritus acerca
de la fatalidad.

FLUÍDICO  (fluidique), lo opuesto a  sólido (solide).
Calificación que algunos escritores dan a los Espíritus
para caracterizar su naturaleza etérea; dicen: los
Espíritus fluídicos. Nosotros creemos que esta
expresión es impropia, la cual presenta, además, una
especie de pleonasmo, más o menos como si se dijera:
el aire gaseoso. La palabra Espíritu lo dice todo: posee
en sí misma su propia definición; suscita
necesariamente la idea de algo incorpóreo. Un Espíritu
que no fuese fluídico no sería un Espíritu. Esa palabra
tiene otro inconveniente: el de confundir la naturaleza
de los Espíritus con la de los fluidos materiales; asocia
demasiado a la idea de laboratorio.

FUEGO ETERNO (feu éternel). La idea del fuego eterno,
como castigo, remonta a la más alta Antigüedad y
proviene de la creencia de los Antiguos que ubicaban a
los Infiernos en las entrañas de la Tierra, cuyo fuego
central les era revelado a través de los fenómenos
geológicos. Cuando el hombre hubo adquirido nociones
más elevadas de la naturaleza del alma comprendió que
un ser inmaterial no podía sufrir los daños de un fuego
material; pero no por eso el fuego dejó de seguir siendo
el emblema del más cruel de los suplicios, y no se
encontró imagen más enérgica para describir los
sufrimientos morales del alma. Es en este sentido que lo
entiende hoy la alta Teología, y es con este significado
que se dice también: «arder de amor, ser consumido por
los celos, por la ambición, etc.».

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